miércoles, enero 7

Es cierto. Las verdades de mayor sequedad vital, las que duelen por su peso, se encuentran en las canciones más estúpidas. Hoy pienso en algo que podría bien ser un estribillo de algún cuplé barato de telenovela; cuando se va un amigo de esta ciudad se pierde algo de ti. Cursilería, tópico de salón… y, sin embargo, verdad, verdad seca, que golpea, que noquea por verdad verdadera... Hace un tiempo, ya ni recuerdo cuándo, llegué a casa y me encontré a un tipo bastante curioso durmiendo en mi sofá. Me sorprendió al instante y signamos nuestra amistad en pocos minutos; efectivamente, el animal en cuestión era casi tan soberbio e impertinente como yo, y encontrar a un semejante en la jungla siempre ha sido un alivio para solitarios. La amistad nace por semejanza, también por disparidad, pero existe un instante en el que uno es consciente de que aquello ha empezado, va en serio, y es difícilmente acabable. Mi amigo llegó a Nueva York, como lo hemos hecho todos, para reinventarse, para definir con temor una nueva historia con su yo de protagonista, una historia cuyo primer e inexorable capítulo implicaba el asesinato del anterior personaje. No lo tenía fácil, porque el camino recorrido era suave, fácil, con interés bancario estable. Pero Eduard eligió cambiar, confesarse ignorante… y cambió la corbata por el libro y el pupitre, que –como decía mi padre- debe provocar dolor de culo (cuánta razón, los padres…). Durante estos dos años, ver a mi amigo disfrutar leyendo libros de historia, de política y literatura… ha sido un suplemento de vida que ahora se acaba. He visto semana tras semana la necesidad de compartir lo leído, la solidaridad de escribir secretos, la complicidad de dibujar siluetas desde la barrera. Te lo agradezco, y confieso que –es cierto, es verdad verdadera, verdad noqueadota- hoy me siento un poco menos yo. Siempre que se va un amigo, a uno le entra un miedo terrible, un pavor inmenso de quedarse aquí, cuando la ciudad ya no sonríe tanto. Eduard se ha pasado muchos días, antes de irse, pateando estas calles, buscando aquellos recovecos que el tiempo no le había permitido disfrutar. No ha podido acabar con todos los rincones, como ninguno de nosotros podrá hacerlo nunca… y hoy se largaba al aeropuerto, y no tengo valor de llamarle porque me jode profundamente que te vayas, mal compadre. Ayer comíamos cerca de Columbia y Eduard me contaba en voz baja, avergonzado (como los idiotas de los hombres nos contamos las cosas para no parecer verdaderos, como las canciones, insisto) que había aprendido a leer, en parte, conmigo; es de lo mejor que me han dicho nunca, la verdad. Eduard está en el avión, y para largarse de la ciudad se ha llevado un texto bastante mediocre que escribí hace meses y que tal vez puedan ver representado pronto. Mi amigo se lleva mi texto, y también se lleva mis palabras, se lleva la llamada desesperada de la noche para tomar algo en el branch, para consultar alguna bobada que es un decir “buenas noches, estoy solo” sin musitarlo. ¿Quién coño me recordará ahora mi pedantería, mis locuras, mi soledad? Rabia por perder todas esas palabras, tantas horas que se van… rabia verdadera de saber que te largas y que haces bien, rabia por saber que aquí todos estamos de prestado, fuera de un hogar que no tenemos, pero que insistimos en conservar en un imaginario desbocado. No sé qué decirte, amic meu… solamente puedo darte las gracias por acompañarme durante tanto tiempo, y unas gracias muy específicas, que puedo dárselas a muy pocos; te doy las gracias por no juzgarme nunca. Amigo; aquél que nos conoce y –sin embargo- nos quiere. Amigo; aquél que come con nuestras sombras y –las entienda o no- se sumerge en ellas sin querer cambiarlas. Amigo; sin compasión, pero con total tolerancia de nuestros errores, amigo como el que paga el precio por ser mi amigo, como el que aprecia en mí lo que él nunca será. Amigo, que se larga y a quién –aunque nos vemos muy pronto- ya echo de menos. Amigo, que me pidió un último favor que dice todo sobre él. Vino del camino bursátil y ahora le pide a su amigo que le diga cuáles son los libros que le conforman, y que él también quiere leer. Quizás así me entiendas mejor, quién sabe

1 comentario:

Dani Peralta dijo...

qe buen texto bldaa:)
gracias por leer mi blog(L)
un besootee qe andes bn gorduu.